Turkana 1999-2001

 

En 1999 viajamos a Turkana tres personas, mi hermano José, Enrique, un buen amigo, y yo. Lo que nos encontramos no se puede explicar ni describir. Lo que vi no lo pude fotografiar pues lo que tenía delante de mi cámara me dejó paralizada, sin poder disparar. Las fotos más reales, las que más reflejan lo que vivimos, son las que nunca pude tomar, las que no necesito ver para recordar, las que están grabadas en mi mente sin que puedan desaparecer.

FOTOS DE DISTINTOS VIAJES A TURKANA

Julio de 1999, mi primer viaje a Turkana, la hambruna, el choque con la realidad… y a la vez el compromiso, las ganas de involucrarme, de hacer algo, de volver con el firme propósito de cambiar las cosas, de generar impacto…

 De ese viaje conservo muy pocas fotos, hechas con una cámara compacta muy antigua. Aquí van un par de imágenes…

Kaikor, Turkana, Kenia, 1999
Kaikor, Turkana, Kenia, 1999

Nunca supe su nombre, ni entendía su idioma cuando me agarró las manos, me miró a los ojos y me habló. No hizo falta, leí en su mirada la desesperación de quien lleva días sin comer, de quien sabe que está condenada, que se acerca su final. Y no pude hacer nada por ella. Le di la mano y le pedí que se sentara un momento. No se tenía en pie. Busqué entre mis cosas y todo lo que tenía era un paquete de galletas. Se lo di a las dos mujeres. Nunca las volví a ver ni supe de ellas, pero nunca las olvidaré.

 

Camino a Kibish, Turkana, Kenia, 1999
Camino a Kibish, Turkana, Kenia, 1999

Pasamos un par de días en el camino a Kibish, en el interior de Turkana, casi en Etiopía y Sudán. A medida que nos movíamos hacia el interior de Turkana la región nos parecía más y más pobre. Pero cómo es posible, si ya venía de la pobreza extrema. Aquí los niños lloraban al vernos, las mujeres reían nerviosas, preguntaban si yo era hombre o mujer porque “tenía forma de mujer pero vestía como hombre”. Probablemente fuera la primera mujer blanca que muchos veían.

Camino a Kibish, Turkana, 1999
Camino a Kibish, Turkana, 1999

Mirara donde mirara el paisaje era el mismo. La nada, la inmensidad, el vacío absoluto. Y ahí me enamoré de esta tierra a la que he seguido regresando año tras año, para comprobar el impacto y la magnífica labor de los misioneros de la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol, que se desviven por dotar de infraestructura, educación y salud a muchos niños turkanas que hace 10 años no tenían ninguna esperanza de sobrevivir.

 

VIAJE 2001

Dos años después de aquel primer viaje volvimos José y yo. Sin saberlo, desde el primer día que pisamos Turkana se nos había metido muy adentro en el corazón y la huella que dejó en nuestras vidas no ha hecho más que crecer con los años.

Era agosto del 2001, y llegué casi directa de Nepal. Apenas 3 días de escala en Londres entre Asia y Kenia para buscar un piso donde empezaría mi nueva vida y rumbo a Kenia. Llegaba después de vivir dos años en Filadelfia, de mi graduación, de pasar tres meses en Asia viajando con los mejores amigos y de separarme de ellos para no vivir nunca más en la misma ciudad.

Después de horas de vuelo, de maleta perdida (sería la primera de una larga tradición de mochilas perdidas en Kenia), por fin vimos desde la avioneta el lago color jade y la inmensidad del desierto de Turkana.

Una sensación muy extraña, que se ha repetido desde entonces, de sentirte como en casa. Turkana es para nosotros ese lugar donde nada puede perturbar tu paz interior, donde las respuestas aparecen antes de que te hayas podido preguntar las cosas que de verdad te importan en la vida.

Aquel viaje fue muy especial. Conocimos gente estupenda, convivimos con el padre Fernando y repetimos parte del trayecto que habíamos hecho dos años antes.

Lo que más nos impresionó fue poder vivir el efecto de los proyectos que habíamos promovido durante esos dos años. Primero una escuela-hogar, en Kaikor, donde los nómadas podían dejar a sus hijos sabiendo que, además de escolarizarse, tendrían al menos una comida al día garantizada, que es mucho más de lo que podrían tener si continuaran caminando por el desierto. Los nómadas dejan a sus hijos una temporada y regresan a buscarlo.

La escuela-hogar está dedicada a la memoria de Fernando Gómez-Búa, alguien con quien tuvimos la suerte de compartir varios de los pocos años que vivió y que tuvo un enorme impacto tanto en José como en mí.

La segunda parada que nos impresionó fue en el camino a Kibish. Recuerdo un lugar donde dos años antes había gente bebiendo agua verde llena de bichos que sacaban de un agujero. Gracias a una bomba de agua habíamos conseguido que esa gente tuviera acceso a agua potable, pudiera tener animales, mejorar su salud… El sitio había cambiado radicalmente en dos años, los niños parecían más sanos, la gente sonriente….

Algunas de estas fotos, de las pocas que tengo escaneadas, son de este lugar en mitad de la nada donde ayudamos a poner una bomba de agua…

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